Por Marylú Vallejo
Te conocí el primer día del primer semestre; anteriormente había escuchado de ti, pero no te di importancia. Sin embargo, ese día no logré sacarte de mi mente, te introdujiste a tal grado que soñaba continuamente contigo y con todo lo que podría hacer si te conociera más a fondo. El tiempo pasó y, día con día, clase tras clase, notaba que eras muy nombrada por todas las personas con las que platicaba, inclusive médicos. Lentamente te fuiste adueñando de mi vocabulario, como muchas otras, algunas veces de manera despectiva y otras de manera imponente; y aún así no lograba descifrarte.
Hubiera sido muy fácil si sólo hubiera tomado un diccionario o si le preguntara a alguien que te conociera a la perfección todas tus cualidades, pero tuve miedo. Preferí quedarme con esa parte tan tuya que al mismo tiempo se había convertido en mía, con ese misterio que te rodeaba y me llenaba de intuición para, alguna vez, usarte.
Los años han pasado; hace poco me dijeron todo lo que me faltaba conocer sobre ti. Y hoy, que me encuentro escribiendo sobre todo lo que has sido para mí, he llegado a la conclusión de que dentro de mi “progreso estudiantil” han existido varias coyunturas, entre las cuales se encuentra una muy importante: ¡entenderte, bendita Coyuntura!
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